“Pero una larga cinta de seda 
ata a los amantes a sus amores respondidos”

“Solo que entre las estrellitas de los yunques
yo veía otra cinta que no estaba en la bobina”

Dolly Skeffington



Es la única forma de calentarse. Es invierno y la estufa de la casa está en el pasillo. La puedo ver tirada sobre las baldosas frías, boca arriba. Las calzas pescadoras le marcan las piernas. La pelvis ajustada. Los pies se desprenden de las ojotas, las uñas están pintadas de colores brillantes. Cruza los brazos sobre la cabeza, la remera se levanta y deja ver un vientre chato y bronceado. Yo me tiro al lado, cruzo mis piernas flacas entre las suyas. Le rodeo un brazo por la cintura, la piel ya está caliente. Apoyo mi cabeza sobre sus tetas enormes y enredo los dedos en su cadenita dorada como excusa para tocar más piel —caliente, blanda, morena— entre el escote. Sus manos huelen a lavandina y el pelo, siempre húmedo, a crema de peinar barata.
Ella, María, es la chica que me cuida y yo una nena degenerada que empieza a tener sus primeras calenturas con su mucama paraguaya. Así pasamos las tardes cuando “la patrona”, mi mamá, se va a trabajar. 
Decido contactarme con el propietario de la casa donde crecí, en la esquina de Thames y Gorriti, una casa gigante que mi mamá compró muy barata cuando se separó de mi papá y vendió al triple diez años después, cuando Palermo empezó a ser el Palermo de bares y locales de ropa. La memoria está en los detalles, en la superficie de las cosas y sus pliegues. A pesar de toda la remodelación que hicieron sus nuevos dueños, mantienen la estufa a gas del pasillo que conecta la cocina con lo que era mi cuarto. Ahí la veo, destartalada, con la llamita que va del azul al naranja. Es chiquita pero poderosa: tiene el tamaño de un clítoris y arde tanto que podría prender fuego todo en un descuido.
La memoria puede funcionar como un territorio de intervención política. Una vez leí en un artículo que la activista chilena Nelly Richards usaba esa categoría, y decía que el feminismo no sólo debe actuar en las calles sino identificar aquellas zonas que pueden ser interpelables. Cuando recorro el espacio de mi casa, el territorio que se abre es el recuerdo de mis primeras pajas. Vuelvo ahí porque me da la impresión de haber dejado un tesoro enterrado, inmaculado frente a cada instancia que repetitivamente insistía con que mi deseo debía ser obligatoriamente heterosexual.
Cuando no estamos tiradas revolcándonos en el piso al lado de la estufa, estamos en la cama mirando telenovelas que pasan en Telefé y Canal 13. Ella se calienta con el churrazo de Pablo Echarri mientras chupa sin parar la bombilla del tereré. Cuando aparece el espacio publicitario, va a recargar el termo a la cocina. Mis pulsiones animales me hacen rodar boca abajo, los muslos se me tensan. Estiro las piernas, aprieto lo más que puedo mi cuerpo contra el colchón. Meto la mano en el pantalón y los pies se me arquean en punta. Paso por adentro de la bombacha, estampada con ositos y moñitos, y empiezo, dibujando círculos en el clítoris, que todavía no tiene ese nombre. No tiene ninguno. Escucho sus ojotas sobre las baldosas, los ruidos de la cocina. Sé que tengo poco tiempo y me apuro. Entierro la cabeza entre las almohadas y cierro los ojos. La imagino de espaldas, el culo redondo, la tanga que se deja ver marcada en las calzas. Ella golpea la cubetera contra la mesada. Quiero que llegue y se acueste conmigo, que me pase los cubitos de hielo con la boca por la espalda. Se agita cada vez más mi respiración, me alerta de nuevo el sonido de la heladera que se abre y se cierra. Saco la cabeza y espío: el televisor prendido todavía en publicidad y el agua que corre en la canilla de la cocina. Me vuelvo a hundir y ya casi, ya casi acabo y vuelvo a imaginarla atrás mío, que se me acerca al cuello despacito y me agarra fuerte del pelo para hacerme una colita tirante. El interruptor de la cocina se apaga con un click y de nuevo las pisadas en esta dirección. La siento cada vez más cerca y en cuestión de segundos acabo con ella, yo en la cama y ella a unos metros, invadiendo el cuarto con su olor a perfume berreta.
En cada página web de pornogragía hay muchos videos agrupados bajo la categoría “mucama”. En cada sex shop, el disfraz. Entiendo que, en general, las pajas de los varones se acoplan al ritmo de un porno que se constituye por y para su deseo. No sé cuánto tenga que ver mi fantasía sexual infantil con aquella pornográfica y masculina. Pese a su fetichismo clasista, encuentro en mis primeras pajas un pliegue resistente a todas las imágenes y enunciados que me construían sexualmente por aquella época. Se esperaba de mí no solo que no fuera un sujeto deseante, sino que en todo caso me gustaran los chicos de mi grado. Como cualquiera, tuve una formación de sexualidad heteronormativa obligatoria. Pero la terrible magia del tabú quiso que mi imaginación tuviera otros recorridos, más libres y más secretos. Recluidas en el ámbito doméstico, encontré otras afectividades que me encendían. No hablo de amor ni de una experiencia erótica vivida tan explícitamente; hablo de roces y agitaciones subterráneas que, como una cinta invisible, hacían funcionar otros imaginarios posibles. 
Una vez, María me descubrió:
Voy a decirle a tu mamá cómo rompés todas tus bombachas. 
Desde ese día se desencadenaron las asperezas. La circulación de los cuerpos cambió sutilmente y fueron necesarios algunos desplazamientos. Cuando lavaba la ropa, yo me sentaba cerca y la miraba. Entre sus prendas, que frotaba con jabón blanco en la pileta, las que más me gustaban eran sus tangas sintéticas de colores chillones y su remera favorita, que usaba para trabajar, con la cara de Rodrigo “El Potro”. Cuando ella se iba, los fines de semana, yo aprovechaba y revisaba sus cajones. Como en un cofre de talismanes, ahí estaban: todas sus bombachas que yo agarraba imitando su gesto, capturándolas entre mis manos y haciéndolas desaparecer en mi puño apretado. 
El 24 de junio del 2000, María llegó llorando. Tenía la cara roja y mientras se limpiaba las lágrimas corría de un lado al otro el delineador negro. El Potro había muerto esa madrugada en un accidente de auto en la Autopista Buenos Aires–La Plata. Se había enterado a la mañana, saliendo de su casa, por el noticiero. Tenía puesta la remera de Rodrigo, que estaba desfigurado, estirado entre sus tetas enormes y empapado por su llanto incontenible. Así como me ofendía que ella le prestara más atención a Pablo Echarri que a mí mientras mirábamos la tele, esto me rompía el corazón. María, traidora, me mostraba que las mujeres teníamos que llorar y desvivirnos por los hombres que amábamos. Entre tanta confusión, había perdido el registro de si María me excitaba o si quería ser como ella.
—¿Cómo querés tener las tetas cuando seas grande? —le preguntaba a mi mejor amiga, Jazmín.
—Normales, como las de mi hermana.
—Yo quiero que sean gigantes, como las de María.
Un año después, en 2001, en plena crisis, María anunció su partida. Iba a casarse con su novio en Paraguay y, dada la situación económica del país, iban a probar suerte allá. Ese último mes en casa no le saqué los ojos de encima. Me sentaba cerca mientras fregaba el piso, la ayudaba a decidir los preparativos para el casamiento. Dormimos juntas varias noches, acurrucadas en su cuarto, una habitación que quedaba subiendo la escalera hacia la terraza. Hacía frío y teníamos que abrazarnos para calentarnos. En la oscuridad podía acercarme e inhalar profundo el perfume de su pelo largo. Nunca fueron tan placenteros el olor a crema de peinar, la lavandina y el jabón blanco. 
Cuando volvió de Paraguay de visita, trajo una filmación de su casamiento. Puso el VHS y nos acostamos en mi cama. Después de un pitido, las barras de color. Aparece María, ahí está, más hermosa que nunca, muy maquillada atrás de un velo blanco. Se ve a sí misma enmarcada por la tele que miramos juntas todas las tardes. Esta es la última vez. La fiesta es en un jardín, en la casa de unos parientes de su actual marido. El sol la ilumina a contraluz haciendo brillar el velo de una forma tan intensa que parece una de las santas que adornan su cuartito. De este lado de la pantalla, nuestros pies se rozan, ella sonríe e intuyo que va a llorar pero no lo hace. Allá, en la fiesta, baila feliz y da vueltas entre la gente. De fondo, “Sé que volverás”, un tema de Damas Gratis del disco Para los pibes, lanzado ese mismo año. Hoy me encuentro triste/ con una herida/ cuando me engañastes/ no me querias./ Pero yo se que volveras/ llorando por mi cariño/ que solo me dejastes/ no me olvido, dice la voz de Pablito Lescano.  
María, cómo olvidarla. “La chica que me cuida”, así se llamaba para mí. De alguna forma, se volvió una santa en el recuerdo, patrona de todos los deseos lésbicos que aparecen cada tanto en mí e interrumpen las narraciones clásicas y heterosexuales. La chica que me cuida, que protege mis búsquedas disidentes porque, como alguna vez le escuché decir a una escritora argentina, “quién dice que la sexualidad es una sola”. María, musa y traidora, ese día prometió dejarme algo suyo. Le pedí la remera de Rodrigo, que hoy descansa en el cajón de mis bombachas, nuestros talismanes. 

5 comentarios:

Gaby Mena dijo...

Me gustó tantísimo!!! la narración es excelente;gracias por la belleza del formato, y la ilustración tan cuidada

Valeria Ortiz dijo...

Volé

Agus Amadea dijo...

Increible gracias

Anónimo dijo...

¿cuántos año tenías, pajerita hermosa?

Deby Low dijo...

Libre, desafiante,sensible inteligente,bellisima,sobrina de mi corazon, malena

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