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dibujo: Todd Kale


Para otro duelo
En algún remoto lugar del pasado lejano oeste… 
‒Es usted un mentiroso charlatán. ¡Lo reto a un duelo! 
‒¿A un duelo? ‒respondió el jovenzuelo apurando su whisky y armándose de valor‒. ¡Acepto!, pero… ¿Cuáles son las reglas? 
‒Las reglas son: aquí afuera, ahora mismo, quince pasos de distancia.
‒¿Quince pasos solamente? No sabía que trataba con un aficionado.
‒¡¿Acaso le parece poco?! Es la distancia al uso. Le advierto que no soy ningún aficionado, ya lo verá… Dígame, ¿qué le parecen 20 o 25 pasos? 
‒Mire, no sé usted pero yo confío en mi pistola y en general lo que me entusiasma de este tipo de asuntos es el hecho de tener la oportunidad de poner a prueba mi puntería. Una distancia inferior a 30 pasos me parece francamente una burla, pero si usted no confía mucho en sus condiciones o en la potencia de su arma… En ese caso no quisiera por nada del mundo que se sienta perjudicado. 
‒¡¡Cuarenta pasos maldición!! No se hablé más. 
Salieron arrastrando tras de sí a toda la clientela de la cantina. Se enfrentaron y dieron luego la vuelta pegando sus espaldas. Dando largas zancadas empezaron a contar cada cual en su dirección. Al dar el paso número 40, el jovenzuelo creyó prudente agregar un paso más, y unos pasitos extra también porque ya iba como por el 46, y parece que más todavía porque siguió hasta un 53 más allá del cual parece que perdió la cuenta y la compostura. En efecto, creyó más prudente aún dejar de contar y echarse a correr con todas sus fuerzas.

La casa del Ratón Pérez 
Una sola vez en mi vida fui a la casa del Ratón Pérez. Ante todo, debo decir que me la imaginaba distinta. La esperaba, no sé, más blanca, más hecha de dientes. Pero bueno, resultó que nada que ver. La fachada era de ladrillo a la vista y el segundo piso estaba rematado por un bonito tejado estilo colonial. Por dentro, los ambientes calefaccionados eran enormes, y eso que, según supe más tarde, Pérez vivía solo. En la planta baja había una chimenea, una serie de ventanales rectangulares con vista al Lago de Brienz (como muchas otras celebridades, Pérez vive en Suiza) y el televisor más grande que vi en mi vida. En los muros de una ancha galería interna que desembocaba en una escalera de mármol había muchos cuadros entre los cuales llegué a distinguir un sombrío Munch y un brumoso Turner (no me animé a preguntar si se trataba de los originales). La galería terminaba en un ambiente semicircular gobernado por un piano de cola blanco. Hacia un costado se abría, describiendo una ligera curva, la majestuosa escalera de escalones anchos. Para salir un poco de mi consternación y de paso romper el hielo, me animé a preguntarle a Pérez cómo había amasado su fortuna. Pérez pegó un sonoro latigazo de satisfacción con su larga cola y me sonrió con su pequeña boca de ratón, luego se sentó al piano y tocó unas teclas blancas produciendo un sonido delicado y melodioso:
‒¡Dientes de leche! No se hacen más de marfil. Cada vez se complicaba más andar tras los elefantes en África y esas cosas, y bueno, gracias a Dios un día se me prendió la lamparita. 
Pérez me lo contó todo mientras cenábamos una exquisita fondue de queso. Había firmado un contrato de exclusividad con una famosa fábrica japonesa de pianos. Los dientes de los niños no sólo sustituían el marfil a la perfección, resultaban además mucho más baratos puesto que su producción no implicaba costos adicionales. ¡Si no hace falta más que levantar almohadas!, recalcó Pérez doblando sus bracitos para inflar sus bíceps. 
Al despedirme le estreché la mano y le dije, todo lo que duró el apretón: 

‒Pérez, ha sido un gran placer. Es usted un ratón de buen corazón. Eso de participar a los niños de las ganancias está muy bien, muy pero muy bien. No cualquiera lo haría.

En la luna 
Todas las cenas lo mismo: Martín con los codos en la mesa, sosteniéndose la cabeza entre las manos. Martín absolutamente abstraído de la conversación familiar. Martín pensando, siempre pensando, en quién sabe qué cosas. Desde la cabecera siempre el mismo pedido: Martín, ¿podés sacar los codos de la mesa y sentarte como una persona normal? No se te va a caer la cabeza. Y por parte de Martín, siempre la misma contestación: Sí, papá. Pero hacía trampa, Martín siempre hacía trampa. Nunca sacaba los dos brazos, sólo reclinaba la cabeza sobre uno de ellos y luego, imagino que para disimular, empezaba a alternarlos como si su cabezota fuera una pelota de básquet que pasara de mano en mano. Yo pensaba que él creía que éramos estúpidos y lo odiaba por eso al igual que el resto de la familia. 
Recuerdo el día que papá se cansó y le ordenó, amenazándolo de paso con prenderle fuego todos los libros, que sacara ambos codos de la mesa. Fue espantoso ver cómo la cabeza se le desmoronó hacia delante, estrellándose sobre los fideos con tuco, al tiempo que el cuello le hizo ese ruidito drástico que hacen las ramitas secas cuando se las parte a la mitad. 

Al fondo a la derecha 
A causa de la extrema paridad de sus fuerzas, el combate no hacía más que prolongarse. Así, mientras con su filosa espada Teseo buscaba la forma de cercenar la espantosa cabeza de su oponente, éste se limitaba a eludir grácilmente o a amortiguar con su grueso tirso los embates que aquel proyecto de héroe ático le propinaba una y otra vez. Ya ambos estaban exhaustos cuando, de un momento a otro, ocurrió lo impensado: a Teseo le dieron unas ganas irrefrenables de ir al baño (cierto es que al caer el sol le había agarrado un poco de frío en la panza). Repitiendo todavía el banquete que el rey Midas había ofrecido en honor al nuevo contingente de mártires ateniense la noche anterior a que se internaran en el laberinto, y recriminándose, bien que recién ahora, su falta de moderación tanto en el comer como en el beber, en una especie de rapto de lucidez, Teseo se preguntó: “Si mato al Minotauro, ¿quién podrá indicarme dónde quedan los baños en medio de esta intrincada telaraña de piedra?”. Hundiendo su espada en la tierra, Teseo propuso una tregua que el dueño de casa aceptó alegremente deponiendo su palo y respondiendo luego al angustiado pedido del joven ateniense: 
‒Es sencillo. ¿Ves aquel pasillo que se abre entre aquellas dos paredes de piedra? ¡Sí, ése! Bueno, seguí por ahí hasta el fondo, hasta que choques con una pared cubierta por una enredadera. Una vez frente a la enredadera doblá a la derecha y proseguí hasta el final por la primera galería que se abre; si vas bien, vas a desembocar en un patio semicircular que gravita en torno de un pequeño aljibe. Una vez ahí vas a ver que se abren seis o siete pasadizos (no recuerdo bien): el que conduce más rápidamente al baño es el tercero contando hacia tu derecha. Una vez hayas entrado en ese pasadizo lo que sigue es más fácil aún: tenés que girar siempre hacia la derecha al llegar al fondo, no sabría decirte cuántas veces tenés que girar, pero vos doblá siempre hacia tu derecha y vas a andar bien. Entonces, el baño está allá, al fondo a la derecha. Andá tranquilo, yo te espero acá. 
Ni bien terminó de dar estas indicaciones, Teseo salió disparado. Tanta prisa llevaba que olvidó su espada clavada en el suelo. Inmediatamente, el Minotauro procuró recogerla: tuvo en verdad que emplear todas sus fuerzas para lograr desenterrar la famosa espada de Egeo. Alzándola contra el sol matinal, el Minotauro percibió una suerte de destello provocado por un delgadísimo hilo blanco que se hallaba atado a la empuñadura de la espada. 
A juzgar por el fulgor espectral que iluminó sus rojos ojos de toro, en ese preciso momento y a pesar de tantos años de extravío, el Minotauro comprendió qué hora era aquella.

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12

Amiga,
el cielo está demasiado claro
no puedo dormir
me pierdo
pienso en hombres
se extienden como árboles en la ruta
si los toco, desaparecen
¿dónde estarán aquellos, dispuestos a quedarse
conmigo
solo conmigo
cuando florezca el miedo y amaine el esfuerzo?

32

Amiga
nos quedamos vacías
como el río
que pasa
y pasa
y no deja
más
que mugre
plásticos de colores y esas cosas.

47

Amiga,
no puedo estar lejos de casa
ni tampoco
cerca
de las personas.
Hoy tomé demasiadas cervezas
intentaba encontrar el fondo
pero no hay fin, cuando los demás están dispuestos a pagar.
La noche se hizo helada
partí a casa
caminando sobre cuerdas frágiles que se me tendían como amantes.

9

Amiga,
perdón
yo quisiera que la noche fuera nuestra aliada
y sus habitantes, mis queridos
pero no puedo dejarme
tragar
por ese corazón desgarrado.
veo mis planes
apilándose
como huesos en el desierto
¿seré de las que no pueden
abandonarse
al desenfreno?
la noche me rodea
como una mosca
y yo no tengo fuerzas para espantarla.



*Selección de “De cuando te fuiste y me dejaste tu casa con el freezer lleno 
y las frazadas de invierno, abajo” 


[sobre la autora]

Malena Saito. 1994. Acuariana jugada. Puanner fallida. Tilda mal palabras y relaciones. Vende libritos.  Elige hacer, siempre. Todavía no murió. 
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Condición de nadadores, una propuesta fuera de las tablas, dirigida por Camila Fabbri. “El nivel de realismo es tan alto como estar dentro de una película” 

por Federico Cisneros y Danna Murillo 
Artesanos del Espacio



Una pequeña sala de espera junto a un bar, un largo hall con misteriosas puertas blancas de madera y un baño que curiosamente tiene duchas y cambiadores. Así esperamos, con ansia y curiosidad a que comience la última función de la obra“Condición de Buenos Nadadores”, dirigida por Camila Fabri, una propuesta teatral que nos invita a explorar nuevos espacios - reales, imaginarios, narrativos - para salir de las zonas cómodas y entregarnos a disfrutar de esta experiencia de temperaturas íntimas y ambientes azulados; un espacio anacrónico que nos permite adentrarnos en la relación de un padre y un hijo que, separados por la distancia geográfica y emocional de su propia historia, nos conduce, de alguna extraña manera, hacia el pasado de nuestras memorias afectivas, ahí donde la voz de nuestro padre todavía se escucha.

I


A las 20.30, se abren las puertas y en lugar de encontrar una sala con butacas, escenario y escenografía, descubrimos una enorme piscina temperada, una suerte de cuadro abstracto, reticulado por azulejos, de techos blancos altísimos y pisos con distintos tonos de celeste, apenas recorridos por las líneas negras submarinas que marcan y separan los carriles en el agua. 

Todos toman asiento en las gradas laterales, parecemos un público que viene a ver un espectáculo de nado sincronizado o alguna suerte de competencia underground. Antes de que uno pueda notar el calor que hace dentro, ingresan los protagonistas de esta noche: un padre distante y un hijo que nunca pudo hablar. Estar todos en un espacio tan cotidiano, pero convertido en otra cosa y descontextualizado, nos dejó una sensación de magia, capaz de sumergirnos imaginariamente en un cortometraje de ficción. De pronto nos vemos envueltos en una misma dimensión, ante una primera escena entre Manuel y Agostinho, que después de buen tiempo sin verse  hoy se vuelven a encontrar. 

II



Agostinho tiene treinta años y es mudo. Su médico cardiólogo lo ha obligado a realizar prácticas nocturnas de natación, como una forma de ayurdarlo a mejorar su salud y de paso restarle un poco de sobrepeso a su cuerpo. Su padre Mauel está de visita en Portugal y esta noche vendrá con él a la Pileta del Club Municipal, después de todo un año si verse. Tendrán una noche para ellos solos, para romper la rutina mientras el hijo entrena y el padre le habla y lo alienta, de formas un poco toscas y a veces hirientes, como les suele pasar a los padres ausentes, distantes, de esos que de un buen día parten y se quedan extraviados en el tiempo.

La cercanía entre ambos y al mismo tiempo, la distancia, se evidencia desde los primeros minutos. Manuel ha volado de Argentina a Portugal para hablar con su hijo, para verlo y ayudarlo. Pero no es tarea fácil, no logran una conversación fluida, Agostinho  no puede hablar por un problema con su voz  - o por alguna herida emotiva en la memoria – así que sólo le queda escuchar y asentir, no por obediencia, sino por imposibilidad de emitir una respuesta con palabras. El único que conversa, ríe solo, se queja de su hijo y a la vez lo empuja a entrenar es Manuel, un padre notablemente ausente, relajado pero duro y mandón a la vez. Nosotros también sólo escuchamos su voz, sin posibilidad de responder, lo que lentamente va creando un inesperado vínculo afectivo entre el hijo y los espectadores.

Están solos en el Club, solamente los acompaña el agua y un hombre mayor de pelo blanco que cuida el recinto y pasa cada tanto, mirando con cierta nostalgia la figura del hijo que no habla.

  • Hijo si hubieras hablado, hubieras escogido el castellano o el portugues?

Manuel piensa en voz alta y le dispara ese tipo de interrogantes constantemente a su hijo en cada descanso, desnudando su intimidad en la psicina del club barrial de Lisboa, antes que vuelva a sumergirse y desfogue – o encuentre en ese silencio azul - algunas respuestas bajo el agua, a partir de gritos y otros sentimientos contenidos hacia su padre, hacia sí mismo o hacia la vida que le tocó en este lado del mundo. 

Poco a poco el padre le irá narrando diversas anécdotas de su vida actual en Buenos Aires, develando ciertos misterios de su situación amorosa, como el de un inesperado romance con un extraño boxeador adolescente. Así va creciendo la complejidad de esta historia, dejando una suerte de vacíos imaginarios, para lo irónico y las últimas revelaciones de la noche. 



Escrita y dirigida por Camila Fabbri, “Condición de buenos nadadores” es una propuesta íntima y diferente a las demás. 

FICHA ARTÍSTICA:

Actúan: Mauricio Minetti, Facundo Livio Mejías y Néstor Conte/ Colaboración actoral: Renato Valenca/ Luz: Sebastián Francia/ Realización: Lucas Coiro/ Colaboración en arte: Ezequiel Galeano/ Vestuario: Ana Franca/ Sonido: Sofía Straface/ Producción Ejecutiva: Stefanía Sans/ Producción audiovisual: Juan Renau/ Fotografía: Sebastián Arpesella/ Arreglos musicales: Franco Calluso/ Diseño: David Maruchniak/ Redes: Romina Triunfo/ Asistencia de dirección y coreografía: Marta Salinas/ Dirección y texto: Camila Fabbri




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Históricamente los talleres literarios fueron motivo de discusiones acerca de su finalidad y resultados, sin embargo, siguen siendo un espacio de formación y experimentación para nuevos autores. Reflexionamos sobre estas cuestiones y entrevistamos a algunos talleristas, para seguir conociendo nuevas perspectivas sobre la escritura y su praxis.

por Nadia Sol Caramella 



¿Se puede enseñar a escribir literatura? 795.000 publicaciones, entre ellas: la creación de la carrera de Escritura Creativa en la UNA, una maestría en la UNTREF y varios programas de seminarios en la carrera de Letras (UBA), tendrían, según el buscador de Google, la respuesta. Es evidente que mucho se ha hablado sobre el tema. Aún así, la escritura creativa es una disciplina relativamente nueva, que viene pisando fuerte en el mundo académico extranjero. Y que hoy en día nos permite volver sobre los pasos de la propia escritura e identificar nuevas técnicas de aprendizaje y enseñanza. Es un hecho, existen métodos, pautas, técnicas y lecturas que nos acercan al aprendizaje de la escritura como práctica artística y estética. 

Entonces pareciera que esta nueva tendencia resolvería la pregunta que dio lugar a mi búsqueda: ¿se puede enseñar a escribir literatura? en principio, se pueden enseñar técnicas creativas para abordar la escritura, el resto se trata de crear los espacios, un cuarto propio como escribió Woolf, vencer el miedo a la pagina en blanco y escribir. Algo que en apariencia resultaría muy sencillo, pero no lo es. Muchas veces el impacto de la hoja en blanco nos deja rápidamente sin palabras.

Si bien la escritura es una tecnología que se aprende con la socialización y muchas culturas actualmente son letradas, no todas lo fueron históricamente. Paul Preciado sostiene que la escritura es una tecnología que puede servir a la creación de la libertad, y según esta mirada, la escritura puede generar nuevos discursos que corroan la lógica de lo hegemónico. Cabe señalar que la escritura históricamente abrió paso a nuevos pensamientos y sobre todo a nuevas lecturas. Una vez escuché decir que las buenas ideas muchas veces surgen de las malas lecturas de los autores que nos gustan. Recapitulando: se puede enseñar a escribir. Cómo toda técnica o tecnología requiere de ciertos aprendizajes ligados al uso, al oficio. Como todo oficio también está íntimamente ligado a la vida cotidiana, toda la escritura se ve atravesada por la intimidad en mayor o menor medida, la existencia va tomando nuevas formas y tópicos que la escritura decanta estéticamente. 

Para escribir hace falta tener un lugar donde hacerlo en sentido material y conceptual, un espacio para desarrollarse como escritora o escritor. Esos espacios muchas veces surgen por autodeterminación, quizá escribiendo un diario, del dialogo con pares, yendo a lecturas y todas las variantes posibles que nos acerquen a la escritura. Escribir es una tarea solitaria que se completa en la presencia de un otro lector. Y es así que, de la necesidad de otras miradas y lecturas, surgen espacios como los talleres literarios, donde los asistentes llegan dispuestos a la praxis literaria, a escuchar a otros y generar nuevas obras para poner en circulación. 

Existen múltiples formas de abarcar un taller, tantas como coordinadores y autores se pongan esa tarea al hombro. Para los que nos animamos a esa tarea, requiere de mucho trabajo con la propia escritura, para detectar procedimientos. Tanto las obras consagradas como las obras que traen los asistentes a los talleres también requieren del desarrollo de múltiples técnicas de lectura. Por un lado, una lectura creativa que sea capaz de identificar recursos y tópicos de autores reconocidos para poder aplicarlo a las escrituras noveles y, por el otro, una lectura crítica que sirva para corregir y editar los textos, y poder afinar tanto la autocorreción como la corrección. Lo interesante del trabajo grupal es que todos se ven beneficiados, porque se van mejorando estos procedimientos en la práctica.

Los talleres literarios, por lo general, surgen en marcos ajenos a lo académico, dando lugar a formaciones alternativas, abriendo paso a nuevas poéticas y ficciones, que en los talleres encuentran lugar para la experimentación y el desarrollo, surgen así antologías, ediciones colectivas, editoriales, ciclos y otras tantas formas de divulgación literaria. Si bien la escritura es una técnica que se aprende, el talento queda por fuera de lo transmisible. A los mortales nos queda ser pacientes pero con la inquietud del aprendiz y sentarnos a escribir, y a escribir, tratando de vencer el abismo de la hoja en blanco, porque como dice Paul Auster: "Los escritores somos seres heridos. Por eso creamos otra realidad". En otras palabras, la escritura es una sentencia de vida, una necesidad que puede ser compartida. 


***

Le preguntamos a distintos autores, que también son talleristas, algunas de estas cuestiones para seguir indagando sobre la praxis literaria:

¿Cómo vences el miedo a la hoja en blanco?

en mi caso, siempre con música, es lo que me funciona, busco música que me represente anímica y rítmicamente en ese momento y después la música me lleva. (Juan Diego Incardona)

¿Cómo creas tus personajes?

En general, trabajo con uno o dos personajes como narradores, cada uno de ellos es un punto de vista, un tono, una voz, una forma de construir las oraciones, las figuras tonales. Pero, empiezo con el punto de vista, qué mira del mundo y cómo lo ve, cómo se lo representa. (Gabriela Cabezon Cámara)


¿Cómo sabes cuando un primer verso funciona?


Cuando escribo el primer verso funciona si es como un impulso o una música que guía lo demás, es decir, si el poema sigue, eso es un primer verso, luego puede cambiar en una segunda escritura, pero el primer verso funciona si trae consigo el poema, aunque a veces un poema empieza un día y termina otro día. la escritura se va armando. (Natalia Romero)


¿Qué significa hacer escritura de la intimidad?

No se trata de un género, sino una predisposición a utilizar las propias experiencias como propedéutica de una escritura, encontrar el propio modo de mirar y de editar la realidad. No importa la intimidad, no importa si el material es real o no al final, es más un método en  realidad, un método de autodescubrimiento. (Malén Denis)


¿Para qué crees que sirven los talleres literarios?

Para acelerar procesos de descubrimiento lector, que de manera autodidacta se hace más complejo. Para formar hermanos, camaradas, para tomar con ellos, nada más. (Cristobal Gaete)




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Para agendar: 
Talleres que comienzan en Agosto y septiembre

Taller de Escritura, de Gabriela Cabezón Camara

Mi taller es un living con sillones y ventana a cielo abierto e hiperurbano. Trabajo en la búsqueda de la singularidad, esa pequeña modulación de la lengua de todos que hace de un texto algo único y vivo. Cada uno trae su texto y entre todos buscamos eso, la voz propia. En esa exploración, que es también una construcción, vamos encontrando las fortalezas del autor y las usamos de escalones para ir conquistando las zonas débiles. Digo escalones porque siempre lo difícil parece estar más alto si pensamos en términos de escaleras. Pongo especial énfasis en la materialidad de la literatura: las palabras, que son sonido. Cada texto tiene una música y eso es tan importante como su trama. Es su trama también.

La imaginación de lo común, de Juan Diego Incardona

La imaginación de lo común es un taller interdisciplinario de técnica y creatividad, donde se discuten conceptos en relación a la narrativa, tanto clásica como contemporánea. El programa no sólo es un ordenamiento didáctico, sino también un relato. Su trama, de enseñanza y aprendizaje, está compuesta de episodios que complican o resuelven: argumentos, estilos, géneros. Como complemento, se incluyen textos de la literatura, las artes y el cine, que sirven como ejemplos previos a las consignas de escritura que deben realizar los talleristas. 

El otro lado de las cosas, de Natalia Romero

Un espacio para la búsqueda de lo propio a través de la escritura. Escribimos porque estamos buscando algo, aunque no sepamos bien de qué se trata. Es entrenar la mirada, encontrar, como dice Diana Bellessi, ese otro lado de las cosas. 

Escritura e intimidad, de Malén Denis

Mediante el trabajo y la reflexión sobre registros autobiográficos buscamos encontrar la voz de cada autor, partiendo de la noción de que la escritura es una tensión entre dos polos en apariencia opuestos: la digresión absoluta y el control total. En cada encuentro tratamos un subgénero de la no ficción con ejercicios tanto en clase como para traer de una clase a la siguiente y pensar entre todos qué cosas hacen a la voz de cada autor, qué decisiones refuerzan y cuáles debilitan la vibración particular de un texto. La pregunta que siempre nos rondará y que posiblemente nunca sea contestada es cómo se hace ese pasaje tan mágico de lo particularísimo a lo universal.

Acaecer, Taller literario personalizado de escritura, de Juan Manuel Corbera
contacto: merodeoediciones@gmail.com 

Acaecer significa suceder, ocurrir, hacerse realidad, de eso se trata este taller, de hacer que la escritura suceda, atendiendo, de manera personalizada, la propia voz de cada autor.

Disidenxias, Taller de escritura y lectura creativa de poéticas y ficciones feministas, de Nadia Sol Caramella.

La escritura es una tecnología que se aprende, de eso se trata el taller. Con una orientación fundamentalmente práctica y crítica. Los encuentros se apoyan en dinámicas grupales, lecturas, experimentación y reflexiones sobre los puntos angulares de la lectura creativa y la escritura de poéticas y ficciones feministas. Como sostiene Preciado, la escritura es una tecnología de la subjetividad y es posible, mediante su uso, generar nuevos sentidos por fuera de los contextos normativos, dando lugar a discursos que disputen los relatos hegemónicos. 
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Sobre el autor |

Lucas Ledesma AKA Lucas Toro, nací en 1987 , vivo en Palomar , de oficio ilustrador, compositor y productor musical, dibujante autodidacta, estudié artes multimediales en el IUNA (UNA).

Nací en una familia de clase media baja del palomar, junto con mi hermano fuimos criados por mi madre (diseñadora textil) mi abuela (sastre) mi tía (profesora de bellas artes) y mi abuelo (carpintero), de chico decidí desarrollar una sensibilidad por los oficios y amor al trabajo. Al vivir en un taller de costura encontré la importancia de la silueta y la forma. Mientras mi abuelo me preparaba para ser violinista llevandome al conservatorio estatal (A.Ginastera - Moron), mi tía me enseñaba algunas técnicas de dibujo con sus libros. Trabajé de operario de fábrica, sodero, heladero y volantero mientras estudiaba multimedia en la universidad.

Desde los 17 a los 23 años toqué la batería en varias bandas de punk-hardcore locales. A partir de 2007 integré una agrupación -colectivo de música experimental llamada- Cine shampoo, fabricando nuestros propios instrumentos y experimentado con ruido y sintetizadores. A partir del 2010 creé mi propio proyecto musical solista llamado Lngchps tratando de unir lo visual con lo sonoro. Desde 2011 dibujo mi primer cómic de 200 paginas a comisión y empiezo mi carrera como dibujante. En 2014 co-creé la fiesta Witches donde trabajo activamente en  la organización como en el diseño y Dj residente. En 2015 gesté por primera vez la exposición de mi proyecto Vanitas en galeria MORIA con lienzos de hasta un metro hechos con acrílico sobre tela , el proyecto se centra en diferentes estudios de ideas sobre la belleza y lo efímero. En 2017 llevo adelante la segunda exposición de Vanitas pero esta vez me encargo de la idea//dirección artística , el trabajo se lleva a cabo con una crew selecta con gran despliegue escénico y las tomas con fotos analógicas.

*actualmente sus obras se exponen en la Boutique Galeria AMO (gurruchaga 1763).

Contacto |
https://www.instagram.com/lucast.oro/
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El estacionamiento del complejo está lleno de autos. Facundo estaciona lejos de la entrada y camina con su hija bajo el sol. Siempre tenés que mirar para todos lados, le dice. Acá los coches van despacio pero pueden salir de la nada, hay que estar atento. Josefina sonríe. ¿De la nada?, pregunta. Es una forma de decir, le explica Facundo sin terminar de entender si su hija lo está cargando. Siente la mano pequeña y transpirada en la suya, el tacto lo reconforta. 
Están caminando hacia la boletería. Él le pregunta si lo extrañó y ella asiente. ¿Seguro? Sí, papá, dice riéndose. Te extrañé.
Facundo paga las entradas. Josefina pasa con tarifa de niño, todavía. Buscan dos reposeras libres cerca de la parte poco profunda. Ella tiene una mochila colgando de un hombro, rosa como su traje de baño y como la gomita que le ata el pelo. Adentro hay una bombacha, una toalla y una remera. Facundo piensa en el momento en que tenga que cambiarla. Ya es demasiado grande para el vestuario de hombres. Va a tener que esperar junto a la puerta, buscar a una mujer que le parezca confiable, pedirle por favor, esperar. Como hace unos meses en el baño de un cine, los cinco minutos más largos de su vida.
La pileta es enorme y está llena de gente. Tiene forma de L. La parte más profunda, anuncia un cartel, llega a los tres metros. Sobre ese extremo, el trampolín. La escalera sube lo suficiente para que incluso Facundo adivine el vértigo que debe sentirse desde allá arriba. La tabla se prolonga sobre el agua y la gente pasa. Uno por uno. Algunos se asoman y dudan un momento, pero miran hacia atrás y ven al próximo, que ya sube y bloquea la única salida. Entonces saltan, rebotan y al agua. Con los ojos cerrados, o tapándose la nariz, o los brazos bien abiertos y un grito agudo que se corta con el ruido de la zambullida. Pero hay otros más decididos, que no vacilan. La vista fija hacia adelante, la columna erguida, la carrera y el salto.
¿Puedo ir?, pregunta Josefina. Facundo se ríe. No, mi amor. Es para los grandes. Está prohibido para los chicos. Pero entonces mira de nuevo y hay un nene más joven que su hija. Un chico petiso y flaco que no tendrá más de siete años. Un hombre que debe ser el padre lo aplaude desde el agua. El guardavidas los mira a través de sus anteojos de sol. No grita, no toca el silbato, no hace nada. El chico saluda, sonríe nervioso, corre hasta el final de la tabla y se tira de bomba. El padre se sumerge y un instante después sale con el hijo agarrado a su cuello. Josefina lo mira de nuevo. Más tarde vemos, le dice él.
El pie de la L es la parte baja. Facundo camina con su hija hasta las escaleras. Trata de agarrarle la mano, pero ella sale corriendo y se le escapa. Te podés resbalar, la llama, pero Josefina no lo escucha. Él apura el paso y la alcanza cuando está por meterse.  
Su hija quiere mostrarle todo lo que aprendió en las clases de natación. Pide que él diga un estilo y después nada de una punta a la otra de la parte baja. Facundo la ve ir y venir. Crawl, espalda, rana, perro. ¿Perro?, pregunta ella. Eso no existe, papá. Facundo le muestra, Josefina se ríe. Y después de un silencio ella mira de nuevo hacia el trampolín. ¿Ahora puedo? Él responde que no, es peligroso. Pero Josefina apoya los brazos en el borde y recuesta la cabeza. La boca fruncida, el cuerpo apretado. Él se acerca y le saca el pelo de la cara, pegado a sus mejillas por el agua. Más tarde, le promete. Ahora vamos a almorzar. 
Hamburguesas con papas fritas y Coca-Cola. Facundo apenas come, mira el trampolín. Las mesas están cerca de la parte poco profunda, separadas del agua por una reja. El piso está lleno de comida aplastada y pegotes. Para volver al otro sector hay que enjuagarse los pies, así la gente no arrastra la mugre. De todas formas, el agua parece sucia. Una capa de aceite, de bronceador, que flota sobre la superficie y devuelve reflejos tornasolados. Una señora gorda salta desde el trampolín y al caer salpica las reposeras más cercanas. Dos mujeres la aplauden desde abajo. La siguen un hombre de la edad de Facundo, rubio y con mucho pelo en el pecho. Después una mujer en bikini, a la que se le desprende el corpiño por el choque con el agua. Alguien chifla y la mujer se tapa, se ríe.
Dos chicos, apenas más jóvenes que Josefina, se asoman a la tabla. El guardavidas se para y hace sonar el silbato. Facundo apoya su hamburguesa. Pero el guardavidas levanta un dedo y los nenes entienden antes que él que les está diciendo que salten de a uno, que lo único que no pueden hacer es ir juntos.
Josefina come la mitad de su plato. ¿Ahora?, pregunta. Hay que hacer la digestión, le contesta Facundo, en un rato. Vuelven a las reposeras, y ella se mete al agua, se acerca a dos chicas con timidez. Enseguida se hacen amigas. 
Facundo lee pero no puede concentrarse demasiado, todo el tiempo mira por sobre el libro. Está todo bien, su hija parece divertirse, pero hay que estar atento al agua, a la multitud, al sol que empieza a bajar y lo adormece.
Después de un rato, las amigas de Josefina se van. Ella sale del agua y se acerca a su papá. Voy al trampolín, dice. Y es una pregunta pero también una afirmación. Él cierra su libro. Ella salta de un pie al otro. Está mojada y juega a imprimir sus huellas sobre el piso, está contenta.
Ya no queda tanta gente. En la cola hay unas diez personas y Facundo la acompaña. ¿Vas a subir?, pregunta ella. Él dice que no, que va a esperarla en el agua para ayudarla a salir. Puedo sola, se defiende Josefina. Es muy alto, mi amor, cuando caigas te vas a hundir. Ya sé que podés sola, pero por las dudas.  
Detrás de ellos se ubica una mujer joven. La fila avanza, dan un paso. Josefina se da vuelta y la mira. La mujer le sonríe. ¿Vas a saltar? Josefina responde que sí. Qué valiente, dice la mujer, yo no sé si me voy a animar. Josefina mira al trampolín, los ojos le brillan. Yo te empujo si querés. Las dos se ríen. 
Facundo aprovecha y le explica a la mujer que él prefiere esperar a su hija en el agua, que si ella puede cuidarla mientras suben, que si no le molesta... Ella lo interrumpe. Sí, no hay ningún problema, queda tranquilo. Es una linda mujer, piensa Facundo, y se pregunta si habrá venido sola.
Arriba, un chico salta, da media vuelta y cae mal. El sonido del cachetazo contra el agua hace que todos miren. El chico sale con la espalda y la cara rojas. De palito, le dice Facundo a su hija, tenés que saltar derecha, con los brazos pegados al cuerpo para caer con los pies. Sí, papá, le contesta ella con un hastío que aprendió de su madre, como si hubiera nacido sabiéndolo todo. 
Ya están al pie de la escalera. Josefina se agarra de la baranda. Facundo mira a la mujer, que lo tranquiliza con un gesto. Él agradece una vez más y se tira al agua. Se agarra  del borde con una mano y sigue a su hija con la mirada. Agarrate bien, le grita. Pero ella no parece escucharlo. La mujer, aunque no se pueda subir de a dos, va detrás de Josefina para atajarla en caso de que resbale. 
Facundo mira hacia arriba, la luz lo ciega. Trata de hacerse sombra sobre los ojos mientras patalea para mantenerse a flote. Su hija ya está sobre la tabla y mira hacia abajo, asoma la cabeza con los pies firmes sobre la madera. Él apenas ve su contorno, recortado contra el sol que baja. 
Josefina se asoma una vez más, calculando la distancia. Camina hacia atrás para tomar carrera. Corre, salta. Él cierra los ojos por un segundo, los tiene irritados por el sol y por el cloro. Escucha un grito, o una risa. Vuelve a mirar, y Josefina debería estar en el aire, a punto de caer, pero no. Tampoco se escuchó la zambullida. Arriba, la mujer se asoma a la tabla, mira hacia abajo. Facundo se queda inmóvil durante uno o dos segundos, sin entender. Después se sumerge. 
Abajo no hay nadie, ni burbujas que suben, ni agua revuelta. Sólo el fondo celeste, pintado con rayas negras. Todo muy quieto, congelado. Facundo saca la cabeza y le hace señas al guardavida, que en un mismo movimiento se para, se saca los lentes y se tira al agua. 

* * *

El guardavidas nada con movimientos ágiles, girando sobre su eje para ver en todas direcciones. Facundo baja hasta tocar el fondo con la mano, se queda sin aire y sale a respirar. La mujer está bajando las escaleras, la gente protesta. El guardavidas saca la cabeza y pregunta qué pasó, no hay nadie para rescatar. Él le explica: mi hija saltó, estaba en el aire, y después nada. No puede ser, responde el guardavidas. La mujer corre hacia ellos. ¿Dónde está?, pregunta. Ella la vio, dice Facundo, los dos la vimos. 
No puede ser, repite el guardavidas. La gente se acerca a escuchar. Facundo mira a su alrededor. Recorre las caras de todos los niños. Se sumerge de nuevo. 
Dos o tres empleados preguntan a la multitud si alguien vio a una nena saltando del trampolín, tenía una malla rosa. Facundo sale a respirar, está agitado. Excepto la mujer que subió con Josefina, nadie vio nada. Un gerente se acerca a preguntar qué está pasando. No puede ser, dice cuando le explican. Facundo sale del agua y va hasta su reposera. Su remera, su libro y la mochila de su hija siguen ahí. Le muestra las cosas y ellos le dicen que está bien, que en algún lado tiene que estar. La mujer está con él. Yo la vi, saltó, dice. El guardavidas y el gerente la miran. Ya avisamos en la puerta y llamamos a la policía, quédense tranquilos. 
El público empieza a irse. Nadie más saltó después de Josefina. Yo la vi, murmura la chica, como si hablara para sí misma. Facundo les muestra la mochila una vez más. La abre, saca la remera, las colitas de pelo, la toalla. 
Un policía, en la puerta, pide documentos a la gente que sale. Algunos no los tienen encima y protestan. Alguien llama a Facundo desde allá, para que diga si una nena morocha de pelo corto es Josefina. Él corre hacia la puerta, la ve y sacude la cabeza. La madre de la chica le sonríe con gesto comprensivo, sin soltar la mano de su hija. Otro policía revisa los vestuarios y un tercero el alambrado que bordea al complejo. Es imposible, repiten todos. 
Suena el celular de Facundo, es la madre de Josefina. No la va atender ahora. El lugar está casi vacío, se está haciendo de noche. Quedan los policías y los empleados de un lado, la mujer y él del otro. Facundo la mira. Vos la viste. Ella se muerde el labio. Deciles que la viste, por favor. Sí, murmura la mujer. Pero después mira al piso y dice que no sabe, que no puede ser. Tenemos que tomarles declaración, interrumpen los policías. La mujer mira su reloj, se muerde el labio. Facundo sigue con la mochila en la mano, se da cuenta porque los dedos empiezan a dolerle de tan fuerte que aprieta. La deja sobre una reposera. El trampolín se asoma sobre el agua, allá arriba. Facundo camina hacia la escalera. Lo llaman, pero no se detiene. Sube rápido y se asoma a la tabla, se para en el borde, mira hacia abajo. Desde ahí parece más alto. El agua está demasiado quieta y el vértigo le nubla la vista. Pero cierra los ojos y salta.
Siente la velocidad de la caída en la boca del estómago, luego el golpe. Su cuerpo se hunde y él abre los ojos. Las burbujas se despejan, se disparan hacia arriba. El agua, el fondo celeste, las rayas negras. Nada más.

*este cuento pertenece a Acá el tiempo es otra cosa (Interzona, 2015)

Sobre el autor |

Tomás Downey nació en Buenos Aires en 1984. Es guionista, egresado de la ENERC, y autor de una novela aún inédita. Ganó el Primer Premio en género cuento del Fondo Nacional de las Artes, edición 2013 con el jurado integrado por José María Brindisi, Mariana Enriquez y Guillermo Saccomanno y fue finalista en 2016 del Premio Hispanoamericano Gabriel Garcia Mrquez. Publicó Acá el tiempo es otra cosa (Interzona, 2015) y El lugar donde mueren los pájaros (Fiordo, 2016)