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sobre la autora |

Oriette D’Angelo (Caracas, 1990). Editora y fundadora de la revista literaria Digo.palabra.txt (www.digopalabratxt.com). Dirige #PoetasVenezolanas, proyecto de difusión e investigación de poesía venezolana escrita por mujeres. Autora del poemario Cardiopatías (Monte Ávila Editores, 2016; Premio para Obras de Autores Inéditos, 2014). Seleccionó y prologó la antología de poesía venezolana Amanecimos sobre la palabra (Team Poetero Ediciones, 2017). Actualmente vive y estudia en Chicago. 

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Poemas adelanto del libro En la mitad del camino recorrido, de Maria Emilia Cornejo, editado por Todos Leemos, próximo a presentarse. 

por Escrituras Indie




 “En la Mitad del Camino Recorrido” es el nombre del poemario de María Emilia Cornejo que será editada por primera vez en la Argentina, a través de la editorial Todos Leemos. La autora peruana, cuya obra es hoy material de culto por ser considerada la apertura de la poesía erótica moderna, nació en Lima, en 1949, y se suicidó en la misma ciudad 23 años más tarde, en 1972. 

La presentación del libro es el jueves 7 de junio en Waldhuter La Librería (Av. Santa Fe 1685) y vienen desde Perú especialmente para la ocasión, la poeta Gaby Cevasco, miembro de la agrupación feminista Flora Tristán; y Ana María Cornejo Calderón, hermana gemela de María Emilia, quien facilitó y ayudó para que este libro se edite en Argentina. También será parte de la mesa Gaby Mena, a cargo de la editorial Todos Leemos.

El libro está prologado por Alicia Genovese, maquetado por León Pereyra y con diseño de tapa de Aldana Antoni. “En la Mitad del Camino Recorrido” es el primer título de la editorial Todos Leemos. Acá un adelanto, gentileza de la editorial:


soy
la muchacha mala de la historia,
la que fornicó con tres hombres
y le sacó cuernos a su marido. 
soy la mujer
que lo engañó cotidianamente
por un miserable plato de lentejas,
la que le quitó lentamente su ropaje de bondad
hasta convertirlo en una piedra
negra y estéril,
soy la mujer que lo castró
con infinitos gestos de ternura
y gemidos falsos en la cama. 
soy
la muchacha mala de la historia.

... 

tímida y avergonzada
dejé que quitaras lentamente mis vestidos,
desnuda
sin saber qué hacer y muerta de frío
me acomodé entre tus piernas
¿es la primera vez?
preguntaste,
sólo pude llorar.
oí que me decías que todo iba a salir bien
que no me preocupara,
yo recordaba las largas discusiones de mis padres,
el desesperado llanto de mi madre
y su voz diciéndome:
"nunca confíes en los hombres". 
Comprendiste mi dolor
y con infinita ternura
cubriste mi cuerpo con tu cuerpo,
tienes que abrir las piernas, murmuraste,
y yo me sentí torpe y desolada.

...

sola,
descubro que mi vida transcurrió perfectamente
como tú lo estableciste. 
ahora
cuando la sensación de algo inacabado,
inacabado y ajeno
invade de escrúpulos mis buenas intenciones,
sólo ahora
cuando me siento en la mitad de todos mis caminos
atada a frases hechas
a cosas que se hacen por haberlas aprendido
como se aprende una lección de historia,
puedo pensar
que de nada sirvieron los consejos
ni las interminables conversaciones con tu madre,
y esas largas horas de mi vida
perdidas
en aprendizajes extraños
sobre pesas y medidas,
colores
y
sabores
y
en el vano intento de ir tras el sol
tras el vuelo de los pájaros,
de repente quiero acabar
con mi baño de todas las mañanas,
con el café pasado,
con mi agenda cuidadosamente estructurada
de citas y visitas
a las que asisto puntualmente;
pero es tarde
hace frío
y estoy sola.


sobre la autora |

La poeta María Emilia Cornejo nació en Lima, en 1949, y se suicidó en la misma ciudad 23 años más tarde, en 1972. . Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y fue alumna del taller de poesía de dicho claustro universitario,  dirigido por Hildebrando Pérez junto al poeta Marco Martos. Ahí leyó sus primeros poemas.  
Tras su muerte, un par de revistas pequeñas (Eros y Raíces Eddicas) la rescataron del anonimato. En los setentas aparecen sus tres magníficos poemas “La Muchacha Mala de la Historia”, “Como tú lo estableciste” y “Tímida y Avergonzada” en la ya célebre antología de Alberto Escobar. Esos tres poemas bastaron para que ocupara un lugar en la literatura peruana actual.   Son los que forman la parte V del libro. 
Pero fue el Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán, una institución feminista, el que asumió la tarea de reunir sus poemas póstumamente en un volumen en 1989. Publicado 17 años después de su suicidio, consta de 31 poemas divididos en cinco secuencias. 
Para muchos, María Emilia Cornejo es la iniciadora de una nueva corriente en la poesía de mujeres, que se ve plasmada recién en la generación de los ochenta. 
Ella logró darle un nuevo giro a la poética de la década anterior, siendo la primera en poetizar la sexualidad femenina y de testimoniar, con crudo realismo, los desgarramientos de una mujer que pertenece a una generación de ruptura. En Cornejo la mujer es protagonista y destinataria. Con su palabra, abrió el camino para que otras mujeres podamos expresarnos con más libertad, con menos culpa. Así, la poesía de María Emilia se adelanta a su época para acercarse al futuro y da comienzo a la época de la herejía poética de las mujeres en el Perú.
Hasta dónde pudo haber avanzado María Emilia en la poesía, es un enigma que se llevó con ella, pero hasta donde llegó abrió puertas que estaban fuertemente cerradas. Y eso es lo más importante en unx artistx: su herencia estética y social, porque el arte es la fuerza más poderosa de cambio, especialmente entre lxs jóvenxs. En el arte ciframos mucha esperanza las mujeres, para que lxs artistxs del presente y del futuro revolucionen no sólo el arte sino también la realidad.

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la delicadeza 
con que la noche se desliza 
sobre las ramas, sobre las piedras 
le da cierta nostalgia.  
en sus sienes, las venas laten azules
y temblorosas como hojas secas. 
no sabe qué hora es, qué mes, qué día. 
así ocurre con quien espera. nada hay
para quien espera. 
de pie sobre el pasto, solo, aquel chico 
con los ojos empañados 
puedo ser yo, o vos, y los dos
podríamos decir:
tu amor es como el patio de mi infancia,
tu amor es el lugar más bello 
y también el más triste.
entonces sopla el viento.

...

cuando se corta la luz
todo lo que parecía vibrante
y lleno de ruido
comienza a parecerme 
un conjunto de cosas mudas
e inmóviles,
digamos, sin significado para mí.
una televisión, un papá
una soda arriba de la mesa 

...


se secó los ojos
me miró
y me dijo
cuando te joden, adrián
cuando te lastiman verdaderamente 
te ceden algo más, algo mucho más 
horrible que el dolor 

me dijo: a veces
le presto atención a los perros 
que toman el agua de las zanjas 
y me conmuevo
con los restos de una vieja bolsa 
temblando entre los alambres

...

otro día que se acaba. 
más tarde el verano
perdiendo sus soles arrastrándolos. 
quedarán, con suerte
las ramas arqueadas y solas
el crujido de las hojas secas
algunas frutas todavía tibias. 
quedará el mar salpicando su frío, 
el recuerdo de un amor, nada.  
es imposible ir contra el viento que arrasa
aunque intentes sostener algo de todo aquello
apretarlo en tus manos.  
la vida es inmensa, y vos
tan pequeño
tan tonto



| sobre el autor |

Adrián Agosta nació en Parque Patricios en marzo de 1994. Sin embargo creció en un barrio de Adrogué, en el sur de la Provincia de Buenos Aires. Allí se desempeña como profesor de Lengua y Literatura y también allí coordina, sin ningún éxito, talleres de lectura en el Profesorado n° 35.


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Un recorrido transfeminista por algunos de los stands de las editoriales independientes presentes en la Feria Internacional del libro que se estará llevando a cabo hasta el lunes 14 de mayo.

por Nadia Sol Caramella




La participación de editoriales independientes en La feria internacional del libro: ¿elemento disruptivo o un caso más de asimilación?, esa fina y confusa linea que nos deja rumiando en un debate interno, pero aun así, a riesgo de ser asimilados por un discurso hegemónico, ahí estamos ocupando espacios de una u otra manera, haciéndonos visibles (en nuestro caso en el marco de En lo pequeño el alma sensible de las cosas grandes, feria de plaquetas que organizamos en  Zona Futuro) quizá casi como una promesa o con el deseo del futuro editorial bajo una lógica inclusiva y de autogestión. Es así como nos plegamos a esos espacios con propuestas alternativas, buscando crear micro mundos de disrupción en un discurso mayor y comercial. 

Actos de fe o tesoros encontrados. La mirada le da forma a los espacios, el recorte depende del punto de vista. Como lectoras, escritoras y editoras debemos ir en busca de nuestro propio linaje, forjar nuestras bibliotecas, nuestros alteres de fe pagana, llenarlos de maestras y colegas a quienes leer con admiración o devoción sorora. La búsqueda es ardua, a veces dirigidas por recomendaciones y otras simplemente por el devaneo típico ligado al azar de quién va en busca de un libro. En un mercado editorial que sigue clasificando a la literatura escrita por mujeres y disidencias bajo la lógica de las etiquetas para la venta, literatura femenina en un caso y literatura lgtbi en el otro, mientras que la literatura escrita por varones cis es La literatura así con mayúscula, sin etiquetas y como parámetro de lo universal, en esta publicación encontrarás recomendaciones de literatura feminista o, simplemente, literatura a secas:


La novia de Sandro, de Camila Sosa Villada (Caballo negro, 2015)

La novia de Sandro, la encomendada a la Virgencita de las Travestis, una poética simple, brillante y enérgica desde la primera línea: “Soy una negra de mierda, una ordinaria, una orillera, una cuchillera, el mundo me queda grande…”. La novia de Sandro, poemas reunidos que surgieron del blog homónimo, es el primer poemario de Camila Sosa Villada, actriz, dramaturga, poeta y activista travesti. 

lo encontrás en La sensación – Stand 428 (pabellón azul)


La doble, de Paula Jimenez España (Ediciones La iguana y la mariposa, 2018)

La novedad más novedosa de esta lista de recomendadas, apenas salió hace unos días y se presentará  el 1 de julio, pero es un libro que promete, ya que se trata de la primera novela de Paula Jiménez España (Buenos Aires;1969), autora de los poemarios Ser feliz en Baltimore, La casa en la avenida, Espacios naturales, El corazón de los otros, entre otros. 

lo encontrás en Orgullo y prejuicio - Stand 3038 (pabellón ocre)


La princesa de mis sueños, de Fernanda Laguna (Iván Rosado, 2018)

Poemas reunidos de 1994 a 2013, muchos de estos textos fueron publicados originalmente por la autora en la ya mítica editorial de plaquetas Belleza y felicidad. El recorrido por este poemario es suave pero no por ello menos profundo, el tono es fresco y vital, pero siempre a punto del desborde, una poética escrita a espaldas de lo que se espera de una “poeta”, una mirada de la poesía que sigue sorprendiendo porque estaba cargada de futuro desde el primer verso, la primera plaqueta. 

lo encontrás en La sensación – Stand 428 (pabellón azul)


Arena, de Lalo Barrubia (Criatura, re edición 2017)

Arena es la primera novela de Lalo Barrubia (escritora, traductora y performer uruguaya) una obra necesaria para adentrarnos en el panorama literario uruguayo de post dictadura. “Narración On the Road de cucumelo, de rancho en la playa y vino en caja” como la definen en la contratapa del libro, si bien los personajes están anclados en el Uruguay de los ochenta, sus voces están más allá del contexto generacional, actualizando la frecuencia de lo humano que es tan atemporal como todo lo importante de este mundo, pero al ritmo de un flash de cucumelo y rancheada en la playa.  

lo encontrás en Los 7 logos – Stand 1920 (pabellón amarillo)


Tundra, de Gabriela Clara Pignataro (Años Luz, 2018)

En su último libro Gabriela Clara Pignataro forja la mitología de una tundra insurgente, donde  la flores crecen soportando lo extremo y los animales develan a través de sus hábitos cuanta poesía hay en lo salvaje. Pero este poemario es también un gesto político de una poeta que escribe para otras hermanas que trenzan sus cabellos entre flores de lapacho, truenos y una promesa: “hay balas para todos” si del patriarcado se trata, furia poética que atraviesa como flecha el bioma de la tundra. 

lo encontrás en La Coop / Frente Editorial Latinoamericano – Stands 625 y 627 (pabellón azul)


Mátate amor, de Ariana Harwicz (Mar dulce, 2017)

La prosa de Harwicz es radical, irónica y violenta. Esta novela adquiere una visión critica de los lugares comunes en torno a la idea de familia. Sin más miramientos arranca como la descripción de un pensamiento homicida: hijo y marido en la pileta, la mujer oculta detrás de las malezas observa la escena con un cuchillo en la mano, piensa en matarlos, pero rápidamente llega otro pensamiento, igual de terrible que el anterior, la vida tediosa de una madre y esposa. El amor del hijo tomado como acoso, la relación conyugal tomada como acoso, y una mirada sin piedad sobre los personajes dan lugar a la construcción de una ficción radical, sincera y brutal. Definitivamente, hay que leerla. 

lo encontrás en Los 7 logos – Stand 1920 (pabellón amarillo)


La edad de Eva, de Alejandra Benz (Ivan Rosado, 2016)

Entre el objetivismo pop y la belleza de lo cotidiano, Alejandra Benz escribe poemas de amor para mujeres fuertes. Su poética es situada, simple, lesbiana y llena de referencias espaciales y temporales de la cultura popular, se trata de una anecdotario lúcido de pequeños gestos/mundos personales que se abren hacia lo universal y por momentos es una toma de postura frente a la literatura contemporánea: “un pequeño acto de fe/equilibra el mundo de lo simple/ pienso en la escritura/ no es un gesto magnánimo/ pero acá damos la vida por un adjetivo”. 

lo encontrás en La sensación – Stand 428 (pabellón azul)


Cat power, la toma de la tierra, de Cecilia Palmeiro (Tenemos las máquinas, 2017)

La raza del Gato Rorro se encuentra al borde de una catástrofe estelar y su plan es la toma de la Tierra para inventar La Manada Futura, una utopia feminista donde existiría igualdad de tareas, horas y honorarios para mujeres, hombres, animales, máquinas y extraterrestres. La trama con sabor a ciencia ficción promete viajes semilegales, resacas y orgías. Como toda utopía que se precie de tal, funciona como crítica radical al modo de vida actual. 

lo encontrás en La Coop / Frente Editorial Latinoamericano – Stands 625 y 627 (pabellón azul)


Amiga, de Malena Saito (Santos Locos, 2017)

Malena Saito sorprende con una poética de la simpleza y la evocación. A través del vocativo “amiga” va hilando una serie de poemas entorno a la idea de la amistad entre mujeres, una suerte de resignificación del vinculo, donde aparece el amor en todas sus formas. Poemas como cartas que crean un relato y un mundo que se sostiene a través de los vínculos por afinidad, una interesante propuesta para comenzar a corroer la idea capitalista del individualismo e independencia como forma única de subsistencia.

lo encontrás en La Coop / Frente Editorial Latinoamericano – Stands 625 y 627 (pabellón azul)


Gordx el que lee, varixs autorxs (Ediciones La iguana y la mariposa/ Editorial Brandon, 2017)

Un compilado de lecturas sobre disidencia sexual y corporal, en el que se reúnen las voces de Alejandra Benz, Gabriela Borrelli Azara, Jael Caiero, Laura Contrera, Cristina Civale, Nico Cuello, Gabby De Cicco, Mariana Komiseroff, Ari Laxague, Lucrecia Masson, Alejandro Modarelli, Flor Monfort, María Moreno, Luciana Peker, Diego Trerotola, Cherry Vecchio, Liliana Viola, Salome Wolosky, Marina Yuszczuk. Esta es la última recomendación de esta publicación y tal vez sea de las más urgentes, como dice Dillon “Un cuerpo de textos sobre el cuerpo. Y sin el cuerpo, no hay nada.”

lo encontrás en Orgullo y prejuicio - Stand 3038 (pabellón ocre)
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| Sobra la población |

La Antología Esotérica incluye ilustraciones, cuentos y poemas de autoras jóvenes y contemporáneas relativos a esa temática.

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Me gusta repartir la comida porque me aflora un egoísmo ancestral (mi papá hacía lo mismo) y me sirvo un poco más que el resto. Lo justifico pensando que mi vacío existencial es más grande que el de los demás. Una vez debatimos con una novia, sí era más grave que me haya abandonado mi mamá o que el padrastro la haya violado durante un tiempo hasta que pudo contarlo. ¿Quién merecía más papas fritas con salsa de ajo? Esa era la cuestión. No hay una sola de mis remeras que no esté manchada. Con una amiga de un grupo de autoayuda, decíamos que para nosotras eran como medallas y a mí me designó con el rango de Generala. 
Siempre me gustó comer con la mano, sentir el aceite, la harina o el ingrediente que sea. Los cubiertos me resultan un obstáculo. Ahora que puedo y nadie me vigila, armo rituales, como elegir qué es lo que dejo para lo último, porque preparo el bocado perfecto y para que sea así, tiene que contener algún extra. Si es pizza, dejo la porción con más queso, con una costra pegada o con dos aceitunas y si es una raba, la más dorada o crocante, la que tiene más rebosado y si vienen dos juntas pegadas, es como recibir un regalo.
Te voy a internar, te voy a terminar internando le gritaba Doña Paulina la vecina de enfrente a Sarita su hija hiper-obesa. Desde mi casa se escuchaba los gritos, los llantos, las discusiones contantes y el hostigamiento de una madre que no sabía cómo manejar la situación. Eran judías, como nosotros, vivían de la renta de algunas propiedades que habían heredado y cada tanto consultaban a mi papá sobre algún plomero o albañil, ya que él tenía experiencia. Sara era petisa y redonda, la papada se le juntaba con la panza formando un todo. Era entre rubia y colorada, tenía pecas, la nariz aguileña, la cabeza chiquitita que contrastaba con su enorme cuerpo y cuando hablaba estaba tan agitada que parecía que acababa de subir una escalera a toda velocidad. Pocas veces me la encontraba, porque le costaba caminar y cuando lo hacía, sus brazos se movían como si fueran las alas atrofiadas de un pichón que nunca va a levantar vuelo porque le rebotaban constantemente contra los costados del cuerpo. Si te conversaba un rato largo, utilizaba la panza como escritorio en donde apoyar las manos. Fue la primera que me convidó una golosina importada, de las que no se conseguían en cualquier lado y que llegarían recién en los noventa con la apertura de las importaciones. Esa vez, la comí delante de ella, en la calle, porque ya desde ese entonces no podía llevar golosinas a casa sin que mi papá me lo recriminara. Sarita me observaba y se relamía, por eso le ofrecí y me contestó que no me preocupara, que tenía más. Igual salivó y acompañó todos mis movimientos con la boca, desde que comencé hasta que me chupé la punta de los dedos. 
Paulina era una mujer de cincuenta años que andaba con un solero mal abrochado, nunca le coincidía el ojal con el botón correspondiente. Tenía rulos grandes, canosos, pero la mayor parte del tiempo usaba ruleros y un pañuelo que mi papá decía que se ponía para no peinarse. Era imposible no mirarla a la cara, porque tenía un ojo completamente cerrado, eso le marcaba aún más las arrugas, y como si tuviera vida propia y no pudiera manejarla, cada dos o tres minutos, sacaba la lengua completamente y le pasaba el dedo gordo. Mi hermano imitaba el gesto y decía que había quedado así por contar dinero.
A medida que fui subiendo de peso, también aumentó la preocupación de mi papá que me acusaba de estar enferma, aunque yo me sentía muy bien y como no encontraba una solución fácil, le pareció que era una buena idea utilizar a Sara como un ejemplo de lo que me podía ocurrir si no paraba. Una tarde, me pidió que lo acompañara con una excusa, cruzamos la calle Remedios de Escalada y fuimos a lo de Doña Paulina. Montaron un espectáculo que nunca supe si era real o no, pero la mesa de la cocina estaba repleta de cosas. Había varias bandejas con carcasas de pollo en mal estado, pedazos de matambre a la pizza podridos, moscas por todos lados, envoltorios de galletitas, golosinas, chocolates, facturas mordidas, botellas de gaseosas y todo lo que un buen gordo conoce y no le produce asco, aunque yo hice como que sí, porque entendí que eso era lo que mi papá esperaba.
Pese a que sabía mi nombre, Paulina me llamaba piba, remarcando la p y eso provocaba una lluvia de saliva. Sarita está enferma piba, se despierta y se baja un pollo entero, estas carcasas se las saqué de debajo de la cama, esconde comida, hasta come cuando caga, me dijo. Ya hizo todos los tratamientos, pero no le interesa bajar de peso, ella no se quiere, se está suicidando. Me contó tu papá que vos haces lo mismo, no está bien eso piba, sos joven. Tenes que cuidarte porque vas a terminar así, sabes qué feo es, ella nunca tuvo un novio. Desde el dormitorio Sarita le gritaba, sí tuve. Cuando te mando a descolgar la ropa de la terraza no escuchas, pero esto sí, le respondió la madre. Va a explotar un día, ¿vos querés lo mismo piba? No tiene amigos, le cuesta bañarse, la tengo que ayudar, ¿te parece? Se sentó en la mesa, corrió una caja de almendras bañadas en chocolates que me tentaron a penas las vi, e intenté memorizar la marca para ir a comprar después. Comenzó a sollozar mientras preguntaba: ¿le parece Don Jaime que tenga que bañar a mi propia hija de treinta siete años?
Unos días después de aquella visita, mi papá llegó a casa más temprano de lo usual y me encontró sentada en el sillón en medio de una orgía de golosinas y facturas. No sólo me tiró todo, sino que comenzó a obsesionarse con una vigilancia difícil de sortear, a cerrar la cocina con llave y me obligó a  ir a ALCO. Me di cuenta de que no me iba a dejar tranquila y tomé la decisión de pasar a la clandestinidad. No comería nada prohibido delante de él ni escondería las golosinas en el cuarto porque me daba cuenta de que lo revisaba.
En esa época me mandaban a comprar pan y cada vez que lo hacía, le agregaba seis facturas con las que me atragantaba las dos cuadras de distancia que había entre la panadería y mi casa. Mis preferidas son las de hojaldre, que no son para comer de parada y menos con apuro, sino sacando los dobleces con suavidad y con la delicadeza que no tengo con casi nada. 
En ALCO la conocí a Florencia, una chica que tenía once años como yo. Estábamos tres horas aburridas escuchando sobre los buenos alimentos, las calorías, no poder cuidarse con las comidas,  y después de eso, a la salida, caminábamos tres cuadras hasta la pizzería Ugi's y hacíamos mita y mita. Pese a que tomábamos varios recaudos, uno de los del grupo de hiper obesos nos vio desde la vereda de enfrente y nosotras pensamos que no nos iba a delatar, que él entendería, al fin y al cabo era uno de los nuestros, pero le contó al coordinador que inmediatamente le fue con el cuento a mi papá. Mi viejo me sermoneó durante una tarde entera preguntándome por qué le hacía eso. 
La única opción que me quedó fue comer a escondidas y bien lejos de casa. Los viernes a la noche le decía a mi papá que iba a la salida con la gente de ALCO que incluía una caminata por los lagos de Palermo y en realidad me tomaba un colectivo hasta la peatonal Lavalle, me aprovisionaba de chocolates, garrapiñadas, chipa y lo que me gustara. Recuerdo un día especial en el que compré una doce de empanadas y fui al cine a ver la saga completa de la pistola desnuda y cuando salí, para el camino de vuelta, cerré la noche con un helado de conito.
En mi familia no éramos la China Comunistas, pero con el tiempo los controles y la racionamiento de la comida se fueron incrementaron a medida que subía de peso y llegaron a un nivel inimaginado. Se me servía lo que tenía que comer y luego mi papá  que se quedaba vigilando, esperaba a que terminara  y cerraba la cocina con llave. No me dejaban ir a comprar, ni me daban dinero, a veces me prohíban salir y yo me sentía como una desnutrida de Somalia. Fueron semanas en las que sufrí hambre y no sabía cómo resolver la situación, hasta que se me ocurrió la gran idea. Cansada por las múltiples restricciones, decidí una noche mientras todos dormían llevarme la basura a mi pieza. La bolsa estaba pegada al tacho y pese a que hacía fuerza para separarla no pude hasta que tiré bruscamente, se hizo un agujero y la arena nauseabunda de los gatos con meo y mierda se desparramaron sobre mis pies y en el piso de la habitación. Encontré pedazos de manzana, zanahoria y remolachas podridas con hongos pegadas en el fondo del tacho con un líquido  verdoso y espeso que pensé se había formado por restos de yerba. Ahí entendí por qué en la cocina, pese a que se limpiaba, siempre había olor a rancio. También coloqué un cartón en el piso para ir poniendo lo que encontraba. Me senté en un costado con las piernas abiertas, como cuando era chica y me llevaban al arenero, pero esta vez con la basura, y fui sacando para clasificar. Había desde carne con pequeñas larvas grises que se arrastraban por entre los desperdicios y que me provocaron arcadas, hasta varios preservativos usados, aunque en ese momento no sabía lo que era y los agarré con la mano para inspeccionar el contenido viscoso y de color blanquecino. También había botellas de shampú, desodorante, tierra y pelusas que yo misma había vaciado de la aspiradora. Pese a que lo sospechaba y no lo había confirmado hasta ese momento, encontré envoltorios de toblerone y mantecol que eran golosinas muy caras para lo que yo podía acceder. Intuía que mi papá se compraba dulces y los comía a escondidas para no convidarme. Varias veces lo vi saliendo de una bombonería que quedaba a dos cuadras de casa.  No encontraba nada comestible hasta que vi una cascara de banana en lo profundo de la bolsa de consorcio, la saqué para ver mejor y como una perla en medio del océano, encontré una  de las facturas de hojaldre con pastelera y manzana que mi papá me había tirado y sólo tenía un poco de yerba y un pedazo pequeño de cebolla por encima. La resguardé colocándola sobre una almohada, luego puse toda la basura que había sacado en otra bolsa, incluso el cartón. Llevé el tacho a la cocina, barrí la arena del gato, me lavé las manos y tiré un poco de desodorante que mezclado con el olor pestilente me sofocó. Me senté en el borde de la cama a oscuras con la factura en la mano, fui arrancando las capas con la boca muy lentamente hasta que sin darme cuenta un hilo grueso de almíbar se me chorreó sobre la remera, el pantalón, las sabanas y mis manos. No me importó. Al fin y al cabo, yo era la Generala y esa noche ascendía a Comandanta en Jefa.

| Sobre el proyecto La wolcho |
El proyecto de Editorial La Wocho surge de la necesidad de dar a conocer la escritura de Salomé Wolosky. Frente a algunas propuestas editoriales abusivas, le planteé a Hexico la posibilidad de ilustrar mis textos y publicarlos en formato fanzine. Así comenzamos de a uno hasta que nos dimos cuenta de que podíamos hacer una colección ya que, en este caso, son textos de temática gorda.
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Sobre la autora |

Me llamo Sofia Larosa, nací en la provincia de Buenos Aires, Argentina. Dejé la carrera de arquitectura para comenzar la Licenciatura en Artes Visuales. Todavía me cuesta encontrar en la realidad la diversidad que me gustaría, me parece que dibujarla es una buena forma de hacerla crecer, en mi y en el resto. Muestro y construyo lo que quiero ver.

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